SARTRE: Su filosofía en mi vida

SARTRE: Su filosofía en mi vida

El Existencialismo en mi vida

Jean Paul Sartre y su filosofía existencialista llegaron a mi vida como la mayoría de las cosas importantes llegan a la vida de un ser humano: sin buscarla.
Unas peregrinas de la cultura, en medio de su viaje, se cruzaron conmigo, regalándome un libro de este genio literario. Este hecho, junto a a su predicación del Santo Evangelio de los Oprimidos (la filosofía de Marx), influyeron notablemente en mi pensamiento.
a todos ellos les debo, indudablemente, gran parte de la formación intelectual que hoy es mi orgullo.

martes, 4 de septiembre de 2007

Intercambio epistolar entre Albert Einstein y Sigmund Freud

Carta de Einstein a Freud
Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932
Estimado profesor Freud:
La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en ese pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la raza, y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas «masas ¡letradas». La experiencia prueba que es más bien la llamada «intelectualidad» la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo ' sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, también, en la persecución de las minorías raciales.) No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados.Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.
Muy atentamente,
Albert Einstein

Carta de Freud a EinsteinViena, setiembre de 1932
Estimado profesor Einstein:
Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados. Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas. Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial. Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros. Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía. Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza. Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante. Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L'union fait la force». La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad. Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término. La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho. En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones. Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura. Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo. En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho. Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho. Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas. Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos. Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses. Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan. Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales. Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros. Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival. Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria. Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo. Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción. Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted. Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla. Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera. Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgründe} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, "pan-panfama" o "fama-famapan"». Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad. El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repräsentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares. El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro. Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos. Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión. Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores., Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra. Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas. No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica. Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica. Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres. Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado. Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».) A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles. Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura. Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota). Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra (ver nota).Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.
Sigmund Freud

jueves, 23 de agosto de 2007

El Adolescente y el Trabajo

“El desafío de crecer”

“El mundo de los adultos apesta” Emilio, 21 años.

Cualquiera puede oír estas palabras y notar en ellas un cierto desprecio a madurar, un intento de huir a las responsabilidades, una negación a tomarse la vida en serio. Afortunadamente, en esta ocasión no las vamos a interpretar como si fuéramos un cualquiera.
Estas palabras, a diferencia de lo que pensaría cualquiera, esconden una profunda apreciación digna de un intelecto maduro: las cosas en el ambiente adulto andan mal, por eso “apesta”.
La inserción del adolescente en el mundo laboral y el circuito de responsabilidades que esto significa se encuentra llenos de trabas y resulta discriminativo, selectivo y excluyente en la mayoría de los casos.
Una actitud típica de los empleadores es la solicitud de Curriculums donde su punto vital se encuentra en el apartado “experiencias previas”. Yo pregunto ¿cómo puede un adolescente adquirir experiencia laboral si para que lo contraten necesita justamente tener experiencia?. La aceptación de algunas paradojas son necesarias para la vida pero la aprobación de ésta raya los límites de la estupidez. Muy pocos contratan jóvenes “novatos” y los que lo hacen ven en ellos la oportunidad de abusar de su inexperiencia pagando sueldos inadmisibles o abusando de sus tiempos y capacidades.
Muchos jóvenes deben emprender trabajos particulares o dedicarse a actividades alienantes y poco remunerativas como ser paseadores de perro, cajeros de supermercados, “servimotos”, promotoras en el caso de las señoritas, etc.
Esta situación y la gran cantidad de trabajo en negro acarrean como consecuencia inestabilidad laboral, un hecho con grandes repercusiones en la vida afectiva y psicológica de los trabajadores recientemente iniciados. ¿Cómo definir un proyecto de vida, cómo planificar a futuro sabiendo que posiblemente el mes siguiente no se tenga trabajo? La inestabilidad laboral causa irremediablemente inestabilidad emocional.
Otro desalentador fenómeno característico de nuestro acontecer social es la obtención de puestos de trabajos por utilización del viejo método del “acomodo”. Jóvenes capacitados, con sus papeles rigurosamente en regla, son desplazados en las oportunidades laborales por familiares, amigos y conocidos de funcionarios públicos, directores de instituciones, sobrinos de las porteras, etc. Cualquier excusa es buena para justificar la corrupción.
Permitir, avalar, participar, consentir este tipo de actividades son netamente perjudiciales para el desarrollo provincial. Si queremos algún día construir un Jujuy meramente respetable y económicamente estable, debemos comenzar por educar y educarnos en los valores que antaño supieron ser estandarte de un sueño que, lamentablemente, nunca pudo verse realizado.
La inserción laboral del adolescente no se ve dificultada solo por causantes del tipo social, sino también por falla en las políticas educativas. La inexistencia de una educación pública y gratuita acorde a las necesidades y demandas de la sociedad obliga a los jóvenes a tener que trabajar para costearse los estudios en universidades privadas cuyo nivel educativo es altamente cuestionado, o por el contrario, deben emigrar a otras provincias a causa de lo oferta educativa reducida que presenta nuestra provincia.
Como si esto fuera poco, los alumnos deben afrontar situaciones frustrantes y desmoralizantes como ser la pérdida de clases por los reiterados paros o por irresponsabilidad y falta de compromiso ético con la tarea docente que presenta algunos mal llamados “profesores”.
Para evitar la deserción académica y lograr retener a los alumnos en las aulas hay que comenzar por ofrecer una educación de calidad cuyo nivel responda a la índole de las exigencias del estudiante.
Son muchos los adolescentes que presenten grandes aptitudes artísticas y/o técnicas-mecánicas que no encuentran su lugar adecuado en la sociedad para serles útiles a la misma. Grandes músicos, pensadores excepcionales, escritores contemporáneos, excelentes dibujantes devenidos en tatuadotes caminan por las calles sin mas oportunidades que ser empleados por alguna empresa de turno que tenga la honorable piedad de explotarlos.
El constante desprecio a las capacidades artísticas y la solo búsqueda de esclavos mas parecidos a robots que a seres humanos y que respondan a las exigencias de este mundo materialista, llevan a la pérdida de gran parte del capital cultural de nuestro pueblo. Revalidar el rol del artista, del hombre creativo, del sujeto pensante y comprometido con su entorno es una de las prioridades a las que debería apuntar la educación y el posterior desenvolvimiento laboral.
Un pintor cuyo nombre no recuerdo en este momento dijo una vez “no existe genio sin trabajo”. Es nuestra obligación guiar a los jóvenes a través de este apasionante viaje interno que es la búsqueda de la vocación para que sean consciente que cada uno de ellos esconde dentro un potencial infinito, que en cada uno habita un genio dormido que es necesario despertar si es que se quiere alguna vez alcanzar el sueño dorado de construir una sociedad donde todos sus miembros puedan llevar a cabo y con éxito sus proyectos de vida. Los invito a que todos nos pongamos manos a la obra, y… ¡Qué la fuerza nos acompañe!.

Juan Pablo Alba

Psicología Social: matrices de aprendizaje

El hombre, al ser un ser social por naturaleza, sus primeras experiencias de necesidad y
satisfacción dejan el él "huellas" que en el futuro regirán su aprender (matrices). Desde
su nacimiento, necesita satisfacer sus necesidades y la busqueda y satisfacción de estas
desencadenará en la constitución de su psiquismo. Este es un ser erotizado, con necesidades
corporales y sexuales que actualmente se encuentran reprimidas, principalmente, por su
propia familia y su estructura social. En la sociedad conviven numerosas ideologías, donde una de ellas se impone a las demás,
mitificando, encubriendo la realidad. Pero este dominio no es total, desatándose una lucha
a nivel familiar, escolar, político,etc. Con la evolución del hombre a través del tiempo surgieron nuevas estructuras y
configuraciones sociales, entre las que se destaca el capitalismo. La sexualidad fue
remplazada por el dinero y la propiedad privada. Esto lleva a la represión de los instintos
sexuales, lo que puede traer graves consecuencias, como la neurosis. Desde la constitución del ser humano, desde su origen en el útero, sus primeras
experiencias son las que determinan su forma de actuar en e futuro. Por ello es que la
represión sexual (sexual en términos Freudianos), la evasión de preguntas de los niños así
como la mentira, posteriormente pueden desencadenar en inseguridad, temor, fracaso escolar,
etc, al reprimirse en ellos el deseo de saber, la confianza en los padres, su propia
confianza, entre otros problemas. Dentro de la escuela la represión también se manifiesta, sobre todo cuando se prioriza la
enseñanza sobre el aprendizaje. Al inghresar a la escuela, el niño está acostumbrado a una
enseñanza personalizada, basada en sus propias necesidades. En el ámbito escolar esta
situación se encuentra revertida, el niño se ve obligado a asimilar contenidos que
mayoritariamente no son de su interés y donde este no tiene derecho a réplica. Así el niño
desarrolla una matriz que lo acostumbra al somentimiento, aceptando todo lo instituido
socialmente. También la educación pude sewr utilñizada como un método para dominar y controlar los pueblos.
Las matrices de aprendizaje son las que hacen que la gente tome como natural el
sometimiento ante el cual se encuentra, porque los rasgos predominantes de la ideología
reinante son naturalizar lo social, atemporalizar lo histórico y generalizar lo particular. La educación actual de nuestro país no mantiene una relación de coherencia entre los
contenidos enseñados y su entorno, lo que provoca dificultades en los procesos de
aprendizaje. Creemos que es necesario "educar para pensar", ya que la única forma posible
de sobrellevar la crisis por la que atraviesa la Argentina es despertando en sus habitantes
una visión crítica, capaz de abrirle los ojos a un pueblo dormido por el sometimiento y la
aculturalización extranjera.

JUAN PABLO ALBA

Nietzsche y la Verdad

Interpretación de la “Introducción teorética sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral”, de Friedrich Nietzsche

NIETZSCHE inicia su tratado demostrando la innecesidad del conocimiento humano, puesto que si el hombre antes desconocía casi todo y lograba sobrevivir, si el conocimiento desapareciera nada sucedería. El conocimiento se presenta al hombre como máscara para ocultar su cobardía, para refugiar su propia debilidad existencial en la ilusión del conocimiento. Según Nietzsche, este “arte del disimulo” “alcanza su punto culminante en el hombre”, quien a causa de su propia vanidad, inventa verdades para poder sobrevivir en este mundo. El hombre es un ser ajeno a la verdad.
Lo que el hombre considera “conocimiento” se trataría solo de formas, de captación de estímulos, pero en realidad, no sabría nada sobre sí mismo ni sobre la naturaleza.
En el estado de naturaleza el hombre solo usa su intelecto para el disimulo, elaborando un contrato de paz donde el primer paso a la verdad está constituido por el establecimiento de lo universalmente válido, enunciándose así las primeras leyes: el lenguaje.
A través de las tautologías, de los silogismos, de la lógica en general, el hombre se acostumbra a manejar ilusiones como si fueran verdades, puesto que el mismo lenguaje se trataría de una red de convenciones y mentiras. Las palabras nos limitan, puesto que nunca podrán representar un concepto universal en toda su extensión. Con las palabras no se llega a la verdad, puesto que “la cosa en si” es inasequible para nosotros y nuestro limitado lenguaje.
¿De dónde proviene la verdad? Según Nietzsche, si se la escribe con palabras, resulta imposible que provenga de la esencia de las cosas. Los conceptos universales surgen a través de una falsa igualación de la verdadera desigualdad de las cosas. La naturaleza no conoce ni formas ni conceptos, es solo una X que resulta inaccesible. ¿Qué es entonces la verdad? Según el gran pensador alemán, se trataría de relaciones, convenciones humanas elevadas a través de una ilusión al carácter de verdad.
Esta institución de la verdad surge como una imposición social, donde el hábito representa el camino que nos conduce a la verdad. A diferencia del animal, el hombre posee la capacidad “de hacer que las metáforas intuitivas se volaticen en un esquema, es decir, la capacidad de disolver una imagen en un concepto”. El hombre se muestra como el único ser capaz de realizar jerarquizaciones.
La verdad, considerada en su génesis social, nos invitaría a no atentar contra el orden de lo establecido. Es el hombre quién construye conceptos sobre bases frágiles, es decir, la verdad se establece antropomorficamente. Es así como el hombre busca la compresión de un mundo creado por el mismo hombre, y olvida que está encerrado entre metáforas de su propia ilusión. “Si escapara durante unos instantes de esa prisión, el hombre perdería la conciencia de si mismo, y le cuesta creer que los animales y los insectos perciben un mundo totalmente distinto y carece de sentido distinguir cual de las dos percepciones es la correcta, puesto que término “percepción absoluta” es un juicio contradictorio”. Las esencias no se manifiestan en el mundo empírico.
Las leyes de la naturaleza nos parecen objetivas porque todos las percibimos de igual manera, pero si todas las percepciones fueras distintas, desconfiaríamos de ellas. Solo conocemos los efectos de dichas leyes y las sumas de sus relaciones se reducen a la rigidez matemática y las representaciones de espacio y tiempo. Todas las metáforas posteriores (consideradas verdades) se construyeron a través de la imitación de tales formas primigenias.
Los conceptos se construyen primeramente por el lenguaje, y luego por la ciencia. Los mitos y el arte confunden los conceptos: “Si un artesano estuviera seguro de soñar cada noche, durante doce horas, que es un rey, sería tan feliz como el rey que todas las noches soñara durante doce horas que es un artesano” (Pascal). El ser humano, naturalmente, posee la tendencia a dejarse engañar.
Los conceptos copian la vida del hombre y cuando los deshace, remplaza los conceptos por instituciones, pero estas instituciones no siguen un camino regular que conduzca a las abstracciones.
¿Cómo arribar, entonces, a una verdad? Nietzsche nos respondería: por el camino iluminativo y liberador de la intuición. Ante la intuición el hombre enmudece o habla con metáforas, con construcciones conceptuales inauditas, que destruyen las viejas barreras conceptuales.
Los hombres racionales y los intuitivos desean el dominio de la vida y caminan juntos sobre la superficie de este mundo, recorriendo la historia de la humanidad de punta a punta, creando cultura y ciencia, viviendo mentiras y dolores, y el hombre intuitivo obtiene de sus intuiciones una defensa contra el mal, una redención, y es tan irracional en la felicidad como en el dolor. El racional, como un estoico, disimula dolores y pasiones, sin gritarse, sin alterarse, se refugia bajo la máscara del conocimiento.
Nietzsche denuncia que son necesarias, para que la vida sea soportable, tanto la verdad como la mentira. “Sin ciertas dosis de locura, nadie puede creer firmemente estar en posesión de la verdad, puesto que creer en la verdad es precisamente locura”.
Debemos abandonar la fe en el conocimiento y en la lógica, puesto que es imposible arribar a un conocimiento profundo y certero. Nietzsche se presenta así como uno de los principales detractores de la Lógica: “No es mas que la esclavitud en los lazos del lenguaje”, nos dirá él. Lo mas verdadero de este mundo es el amor, la religión y el arte, los tres poderes ilógicos.
La ciencia, para Nietzsche, consiste en “adquirir conciencia de todo lo que se posee por herencia; es el registro de las leyes firmes y rígidas de la sensación”. En el hombre no existe ningún instinto de verdad y el placer que nos ocasiona la verdad no indica un deseo de la misma. El placer de la mentira es estético, y como tal, se constituye en verdad, al no ocultar su intención de engaño.
El autor finaliza sus ideas con la tesis de que el mundo solo puede ser entendido en cuanto a sus apariencias, nunca en sus esencias o verdades. “Únicamente quien pudiera considerar la totalidad del mundo como apariencia estaría en condiciones de contemplarlo sin deseos y sin instintos: el artista y el filósofo.”

JUAN PABLO ALBA

El Hombre Sensible de Flores

Más conocido como Alejandro Dolina, este sutil artista del barrio de Flores es uno de los grandes prodigios de la pluma argentina contemporánea.
Al no perteneces al canon de filósofos tradicionales, resulta dificultosa la tarea de resaltar las características de un sistema filosófico dentro de su prolífero pensamiento.
Literato de alma y piel, dejó escapar entre sus líneas la sensación de militar dentro de una filosofía mítica, donde las sombras de la tristeza son la única luz de toda felicidad efímera posible.
Podríamos parafrasear sus extensos escritos y decir que, de haber definido con claridad el término Filosofía, seguramente habría dicho que es “el arte de aprender a degustar los sinsabores de la vida”. Para el noble Alejandro, la vida es dolor, es tristeza, pero vale la pena ser vivida.
El principal origen de su filosofar es la angustia vital de nuestras existencias. Las situaciones límites de la vida nos obligan a pensar y como el mismo lo dice, “Cuanto mas inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza.”
Dentro de su prolífera obra, recorre un amplio espectro de disciplinas filosóficas, entre las que se destacan la Metafísica, epistemología, Filosofía del Lenguaje, Ética, Estética y Lógica, entre otras.
El polifuncional Don Alejandro es profundo creyente de sus mitos, hombre tanguero, poeta, músico, profundo pensador y agnóstico. Durante toda su obra intenta responder ¿Qué es la vida? ¿Cómo convivir con el sufrimiento sin desesperar? ¿Porqué no existe Dios? ¿Qué es el arte?
Siempre enfocó estos temas desde un rincón sombrío del corazón, oscurecido seguramente por la nostalgia ocasionada por unos ojos peregrinos e indiferentes.
Alegrémonos amigos, la vida es triste, pero al menos tenemos una certeza.

JUAN PABLO ALBA

miércoles, 22 de agosto de 2007

Ética, Política y Educación en el siglo XXI

El desafío de tratar temáticas tan exquisitas como son la Ética, la Política y la Educación me pareció, en un principio, un reto fascinante; pero a la hora de esbozar mi tratado, no pude más que sentirme deprimido. Las temáticas eran muy amplias, los conceptos extensos y mis conocimientos infinitamente escasos como para poder abordarlas de la manera en que un trabajo, de respetable alcurnia, se lo merecería.
Me vi obligado a optar entre dos alternativas: no realizar escrito alguno o bien, realizar una presentación sencilla, sin perderme entre los excitantes laberintos del conocimiento. Como les será fácil notarlo, me decidí por la segunda de ellas.
A continuación les presento una sucesión de ideas altamente refutables, perfectamente discutibles y lógicamente desordenadas. La liviandad del método utilizado (más literario que filosófico o científico), no me permite exponerles a ustedes más que la siguiente consecución de frases mal hilvanadas y conceptos infundados, es decir, una verdadera porquería.
Cuando prendemos el televisor, muchas veces nos encontramos con noticias y situaciones que nos hacen despreciar a ese grupo de personas que normalmente tratamos de “aves rapaces”, o “virus social”, que son los políticos. Profesionales formados idóneamente para la conducción de una sociedad son actores principales en hechos delictivos de variada índole: desde sobornos recibidos, sobornos pagados, fondos populares malversados, pasando por acomodo de familiares en puestos de trabajo no merecidos (muy común en nuestra provincia de Jujuy), hasta llegar a acosos y escándalos sexuales entre otras divertidísimas y no menos corruptas acciones que conforman una larga lista, capaz de agotar los espacios en blanco de varios rollos de papel higiénico.
¿Cómo lograr una sociedad justa, si los encargados de dirigirla y repartir justicia solo obran en pos de sus propios y viles intereses? ¿Cómo progresar si los que mandan son los primeros en obstaculizar dicho progreso? Tanto la corrupción en los más altos círculos de letrados y hombres de ley como la impunidad que envuelve sus actos, lograría enrojecer de vergüenza al mismo Lucifer.
Este tipo de conductas, esta irresponsabilidad civil por parte de los mandatarios, acarrean como consecuencias un grado preocupante de escepticismo político por parte del pueblo, generando el desinterés de los habitantes por los problemas y decisiones que afectan a su nación. De esta manera, se atenta contra uno de los más importantes principios de la política, que debiera regir actualmente: la idea de democracia. No podemos hablar de democracia en un país gobernado por la injusticia, los delitos, la falta de educación y el desinterés de los seres humanos por los propios seres humanos. Cuanto me cuesta creer que estos actos sean propios de un animal racional.
Lamentablemente, esto no ocurre solamente a nivel país, sino que la corrupción se hace latente en todos los rincones donde pueda observarse vestigios de micro-política: las organizaciones sindicales, las internas de los partidos políticos, las instituciones escolares, la familia, etc. Parecería ser que donde hay dinero y seres humanos, es inevitable que surjan los intereses individuales y por ende, la corrupción.
Como verán, es muy fácil notar la corrupción en los demás, sobre todos cuando se analiza sus conductas en masa, pero… ¿qué pasa con nosotros mismos? ¿Nuestros políticos no serán un reflejo de cada uno de nosotros? Obviamente que se trataría de un horrible reflejo, pero podría ser así.
Los seres humanos, a mi tibio entender, somos todos corruptos. El problema es que estamos acostumbrados a considerar corrupción solo hechos que trascienden la esfera de lo íntimo, que acarrean graves consecuencias o cuando se trata de grandes sumas de dinero, pero en realidad no es así. Si entendemos corrupción como el no cumplimiento de la ley (que no es más que la estipulación social de una moral deseada), todo acto que se realice en contra de estos principios debería ser considerado corrupto. Esta subestimación de la corrupción nos lleva a acostumbrarnos socialmente a ella.
“Todos son corruptos menos yo”, parece ser la idea subyacente en nuestro inconsciente colectivo, cuando en realidad a cada instante estamos cometiendo actos de corrupción, y muchas veces, nos enorgullecemos de ello. Robar señal de televisión por cable, comprar o alquilar películas copiadas, fotocopiar libros, coimear policías de transito, estacionar donde no se debe, truchar certificados médicos, buscar conocidos para colarnos en la caja del supermercado, serle infiel a la mujer amada, proclamarse estéril para copular sin protección, etc. Son hechos comunes para nosotros, e incluso se los recomendamos a nuestros amigos y parientes.
Yo mismo soy un corrupto, pues mientras pinto estas palabras con la luz del entendimiento estoy escuchando música pirateada en un CD grabado y algunos de los apuntes que he utilizado son fotocopiados. Hasta el mismo lenguaje corrompe mis ideas.
¿Qué hacer ante dicha situación? ¿Rendirse, cruzar los brazos y adaptarse a este “sálvese quien pueda” social? Me niego a ello con toda la fuerza de mi infinita ignorancia. ¿Nos ponemos todos a llorar, esperando que la muerte nos encuentre derrotados, pero unidos? Tampoco me suena razonable.
En alguna pared alguna vez leí un graffiti que rezaba de la siguiente manera: “ante esta dolorosa realidad, las utopías son una opción razonable”. Intentemos imaginar un mundo mejor, donde se valora la vida y se respeta a los otros, donde el amor es la única ley. Sé que les estoy pidiendo algo difícil, pues los seres humanos estamos educados para ya no vivir utópicos sueños, sino pesadillas reales. Pero creo que todavía hay soluciones posibles, de lo contrario lo más razonable sería suicidarse.
Alguna vez creí entender que, si mal no recuerdo, según Aristóteles la ética podría explicarse mas o menos así: es la capacidad de autogobierno, a través del ejercicio de la virtud, que consiste en practicar el bien logrando alcanzar el justo medio en todas nuestras acciones, utilizando nuestra razón para poder optar deliberadamente por la realización de aquellos actos que consideremos apropiados para ser felices.
Sócrates consideraba, dentro de su pensamiento ético, que la virtud consistía en el conocimiento. El vicio, o el mal, nace del vientre de la ignorancia. De esta manera, consideraba la educación como el medio de afianzar la virtud dentro de la sociedad y así lograr que la gente actúe conforme a la moral.
¿Quién produce a quién: la sociedad a los individuos o los individuos a ésta? Debemos considerar que vivimos en un mundo complejo, como explica Morin, donde la aceptación de las paradojas resulta fundamental para la comprensión de los hechos. La causalidad circular rige estos fenómenos de índole social: la sociedad forma al sujeto que a su vez modifica la sociedad en la que se encuentra inmerso.
Como señalamos anteriormente, para Aristóteles la ética trata del gobierno de uno mismo y la política trata del arte de gobernar una ciudad. Podríamos compararla como una macro-ética, dónde la práctica de la virtud tanto de los habitantes como de los políticos, resulta fundamental para lograr un buen gobierno. La manera de lograrlo: la educación.
No es pertinente realizar en estos momentos una enumeración detallada de las múltiples fallas educativas de nuestro sistema, ni de las falencias en los conceptos y la preparación de los docentes. Tan solo alcanza con saber de que estamos fallando, y es menester tomar dediciones que nos permitan embarcar la educación hacia horizontes más prometedores que los actuales.
El arte de formar sujetos críticos, que sepan discernir entre los actos virtuosos y los que no lo son, no es una tarea fácil, pero está en nuestras manos y en la fuerza de nuestros corazones el lograr alcanzar un grado de voluntad tal que podamos ver dicho hecho realizado.
Resumiendo: cultivemos la virtud en nuestras propias vidas, perdamos el alma en el intento de fomentar la tan poco común costumbre de pensar y actuar conforme a la justicia, la verdad y el amor a los seres humanos. Sacrifiquemos nuestra existencia por alcanzar estos ideales y no dejemos que la tentación de ser normal en este mundo de enfermos nos nuble la razón.
Que no nos preocupe si quien nos aconseja es un docente, un científico, un payaso o un obrero de la construcción, simplemente valoremos todos los aportes y los variados puntos de vista, ya que las diferencias siempre sirven para sumar en la cuenta del conocimiento. No nos encerremos entre explicaciones conceptuales, palabras confusas o reglas inservibles pero seductoras para el círculo de aquellos que se pretenden eruditos, y juzguemos por correctos todos aquellos actos realizados con la sincera intención de luchar por un mundo un poco mejor. Que no nos preocupe que nos llamen ignorantes, sofistas o locos, pero sí sintámonos ultrajados en lo mas profundo de nuestro humanismo cuando veamos familias enteras buscando comida en una bolsa de basura, o un anciano que ha trabajado toda su vida sumido en la pobreza a falta de una buena jubilación.
¿Cuál es el sustento teórico de lo expuesto? La lágrima que derrama cada niño que sufre hambre en nuestras calles, la desesperanza de cada madre que no tiene un pedazo de pan para alimentar a sus hijos. ¿La consistencia lógica? Me resulta hipócrita hablar de lógica en un mundo dónde la salud y la educación son un negocio, dónde los organismos internacionales encargados de promover y preservar la paz en el mundo observan vergonzosamente inactivos como un país imperialista ataca, matando miles de inocentes, a los países que se le ocurra; donde miles de personas se mueren de hambre para que unos pocos se mueren de gula. ¿Es pertinente mi discurso? Sinceramente, no encuentro nada mas pertinente que aprovechar estos momentos para decir lo que uno piensa y siente de corazón.
Cada segundo que pasa es una oportunidad para ser un poco mejores, no desperdiciemos ese valioso tiempo. Aprendamos a ser felices haciendo felices a los demás y utilicemos nuestras capacidades cognitivas y espirituales para convertir los infiernos en paraísos. Todo cambio es posible, solo si somos capaces de poner nuestras voluntades al servicio de la paz, la justicia y el amor.


JUAN PABLO ALBA